Jorge Luis Borges falleció el 14 de junio de 1986 en Ginebra, la ciudad de su adolescencia. Cuatro décadas después, un grupo de unas 25 a 30 personas se reunió en el cementerio de Plainpalais -un lugar verde, tranquilo, enclavado en pleno centro de la ciudad suiza- para honrar su memoria con poemas, con palabras y con rosas amarillas.

Así lo cuenta la periodista Patricia Kolesnicov en una crónica publicada en el diario digital “Infobae”. Afuera, un domingo raro: la Ciudad Vieja casi desierta, el lago Leman brillando bajo el sol. 40 años sin Borges, el más universal de los escritores argentinos: se hace cuento.

El homenaje fue convocado por los coleccionistas Alejandro Roemmers y Alejandro Vaccaro, la asociación suiza Los Conjurados -dedicada a la obra del escritor-, la Cátedra Vargas Llosa y la Maison Rousseau, librería y centro cultural de Ginebra. Entre los asistentes estuvieron el escritor Alberto Manguel y la especialista Annick Louis. También hubo una corona de la Embajada Argentina en Suiza y otra de la propia ciudad de Ginebra. Días antes había tenido lugar otro acto frente a la tumba, con representantes de la embajada y Martín Kodama, sobrino de María Kodama, quien fuera la mujer del escritor.

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Uno de los oradores recordó que el 20 de marzo de 1980, en un poema publicado en el diario Clarín, Borges se había preguntado: “¿En cuál de mis ciudades moriré?”. La respuesta llegó seis años después, en Ginebra. Y citó una reflexión del propio escritor sobre el vínculo con sus lectores: “La vida del escritor es solitaria. Uno cree estar solo y, al cabo de los años, que en verdad son muchos, uno descubre que está en el centro de una especie de vasto círculo de amigos, de amigos que uno no conocerá nunca, pero que lo quieren a uno”. Acá estamos, cuarenta años después, devolviéndole un poco de lo que él nos dio.

Borges, a 40 años de su muerte

Roberto Alifano, quien escribía lo que Borges dictaba cuando el autor ya estaba ciego, recitó un breve haiku que le dedicó: “El gato blanco acaricia el cielo, blanco en lo blanco”. Raúl Tola, director de la Cátedra Vargas Llosa, leyó un poema de Alejandro Roemmers titulado “Cuarenta silencios”, originalmente escrito a los 20 años de la muerte de Borges y adaptado para la ocasión. “Son cuarenta silencios el peldaño/ que entreteje tu voz con agua y seda”, arranca. “El tiempo en los espejos sigue y rueda/ y un dios sigue callando como antaño”.

Sin olvido

Annick Louis, especialista en la vida de Borges nacida en la Argentina y docente en Francia, leyó en francés el poema Ewigkeit: “Sé que una cosa no hay. Es el olvido”. Entre el público, una psicoanalista argentina que abandonó su país durante la dictadura y que sigue viviendo en Ginebra desde entonces. Escuchando, mirando, acercándose a la Argentina a través de Borges.

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Alejandro Vaccaro, uno de los organizadores del homenaje, presidente de la Sociedad Argentina de Escritores y autor de varios libros sobre Borges, eligió leer El remordimiento. Explicó el contexto: Borges lo escribió tres días después de la muerte de su madre, sostenido en la convicción de que el gran regalo que los hijos pueden hacerles a los padres es ser felices. “Él sintió, tras la muerte de su madre, el remordimiento de no haber sido feliz”. El poema arranca: “He cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer. No he sido feliz”. Y sentencia: “Me legaron valor. No fui valiente”.

Cerró el homenaje Alberto Manguel, que viajó especialmente desde Portugal para la ocasión. Fue uno de los jóvenes encargados de leerle a Borges cuando el escritor había perdido la vista; de ese vínculo nació una relación que marcaría su propia trayectoria como traductor, como escritor y como director de la Biblioteca Nacional Argentina. Manguel leyó en francés, también, El remordimiento. Otra vez, no fue feliz.

Otro Borges, y de los mejores

Entonces llegó la sorpresa. Junto a la lápida había un parlante. Y de ahí salió, cómo no, la voz del propio Borges, leyendo Everness. El verso volvió con una ligera variación: “Sólo una cosa no hay. Es el olvido”. No, no hay olvido. 40 años después, las rosas amarillas seguían volando sobre Plainpalais.